Cristina, Carrió y la posverdad

Dichos y discursos. No importa qué se dice y cómo se dice, incluso los hechos de difícil comprobación. La emoción de las personas en torno al mensaje puede más que todo.

Las posverdad es a la realidad lo que la impunidad dialéctica al verdadero debate político. No hay ninguna posibilidad de volver al camino de la discusión seria de los temas argentinos sin reconocer que hoy no hay debate sino apenas cruces, cada vez más violentos y maleducados, entre personas que no se reconocen a priori ni el menor interés por saber lo que piensa el otro. Porque sobre todo, se está dispuesto a negar lo obvio, hasta que el agua moja.

Antes de que Oxford Dictionaries incorporase el término posverdad (curiosidad: el corrector automático de la máquina en la que estoy escribiendo me subraya en rojo la palabra) muchos autores habían hablado de este fenómeno que, palabras más, palabras menos, supone que la realidad objetiva de un hecho es menos importante que las emociones y creencias personales que se tienen sobre él. De manera torpe y concreta: hoy es menor potente la “verdad” que lo que yo quiero pensar y sentir sobre esa “verdad”. “Verdad” a gusto del consumidor, para buscarle un slogan.

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El gran bonete

La coartada. No hay ninguna duda de que el juez Otranto quiso escaparse de la causa Maldonado. Hasta el más ingenuo se da cuenta de que sus declaraciones públicas fueron para pedir a gritos que lo recusaran por prejuzgamiento.

 

Si algo le faltaba a la causa de Santiago Maldonado era que el juez se escapara de la investigación. Porque entendámoslo sin vueltas: el doctor Guido Otranto decidió huir del proceso que debe determinar qué pasó con el artesano recurriendo a una entrevista periodística como coartada de fuga. Habló con un periodista, no para cumplir con su deber republicano de dar cuentas de sus actos sino para escapar sin ponerse colorado de sus obligaciones.

“La hipótesis más razonable es que Maldonado se ahogó”, le dijo el juez al diario La Nación. Una criatura de 4 años se da cuenta que sus dichos fueron para pedir a gritos que lo recusaran por prejuzgamiento. Una persona con una mínima dosis de sensibilidad se horrorizaría al pensar que un magistrado pueda usar cualquier recurso sin pensar en la familia del desaparecido para zafar por tirante. El juez Otranto jamás le avisó antes a la madre, el padre o la esposa del joven que pensaba esto. Los que esperan que vuelva, se enteraron por los diarios de esta hipótesis.

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¿Por qué con ella?

El autor de esta nota, que entrevistó el jueves a la ex presidenta Cristina Fernández, reflexiona sobre el diálogo que mantuvieron y también acerca de las repercusiones que generó. Entretelones de la nota periodística de la semana.

Mi compañero de trabajo Santiago del Moro fue el que con su pregunta me llevó a pensar que el reclamo de algunos. El porqué del reportaje a Cristina Kirchner tenía dos respuestas bien distintas, entendí entonces. ¿Qué te hubiera dicho tu vieja por entrevistar a Cristina Kirchner?, me lanzó el conductor de tele irrumpiendo en la discusión sobre el contenido periodístico de la nota. No dudé: me insultaría, estaría ofendida, me hubiese reclamado que le gritara muchas cosas, le dije. Ahí supe, cuando hablábamos con los otros colegas de inflación, Nisman o los bolsos de López, que los dos planos de mirada sobre el tema, no se tocaban.

 

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El agua moja

Sin escrúpulos. Parece que para muchos ni la vida ni la muerte son un límite ante el que detenerse para jugar con la política. La desaparición de Santiago Maldonado debería unirnos en el clamor, pero la reacción ha sido penosa.

La falta de escrupulosidad de cierta parte de la dirigencia argentina ha obtenido su consagración con postgrado en el caso de Santiago Maldonado. Parece que para muchos, ni la vida (ni la muerte) es un límite ante el que detenerse para jugar con la política.

Flota sobre esta realidad un fenómeno perverso que implica tener que explicar lo obvio. En nuestro país, como peligroso síntoma de la abdicación de la razón de estos tiempos, hay que explicar lo obvio. Estamos a un paso de tener que justificar que el agua moja. Y en ese conjunto de obviedades, lo único que importa como indiscutible es que Santiago Maldonado no aparece. El clamor “¿dónde está Santiago?”, es genuino, noble, justo y necesario. Eso debería preocuparnos y unirnos, sin condiciones, como uno lo hace frente a un temor fundado.

 

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Perdón por esta columna

Historia. Ana María murió a los 72 años. Luego de años de pelea diaria y de aportes, cobraba una jubilación de 7 mil pesos. Que millones de jubilados estén cobrando esos montos no es justo y tampoco lo es el trato que reciben.

 

Se supone que esta columna que desde hace algunos años me concede La Capital debe relatar la actualidad política nacional. Se supone que debería contar cómo se paran las fuerzas que disputaron las Paso y ya miran las elecciones de octubre. Quizá debería abordar el estrepitoso despertar del Poder Judicial de la Nación (enhorabuena si se han decidido a arrancar a hacer lo que les corresponde: aplicar la ley) luego de los comicios y pensar en las citaciones en las causas de corrupción cuando ya los votos del escrutinio están contados. Se supone que debería analizarse la horrible falta de noticias sobre Santiago Maldonado y la perversa grieta que puede instalarse para sacar provecho de la desaparición de un argentino. Se supone eso y mucho más.

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Chau Paso

Sin futuro. La dirigencia política está de acuerdo en que las primarias necesitan modificaciones o, directamente, ser derogadas. La votación de hoy está planteada como un plebiscito general: Macri será mirado en el poder, Cristina desde su falta de poder.

Todo indica que las elecciones primarias a las que nos enfrentamos hoy serán las últimas de su tipo. Sea cual sea el resultado, la comunidad política se ha puesto de acuerdo en que hay que modificar las Paso, si no derogarlas. Al menos un acuerdo en la crispada dirigencia nacional.

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Boludos e hijos de puta

Una y cinco de la tarde. Pleno Palermo Hollywood. Cruzo mal la calle, por la mitad de la cuadra. No hay que hacerlo, me digo. Me quedo tranquilo porque el semáforo de Honduras no da paso y los coches están parados. Veo de reojo el tránsito de los que circulan por Dorrego. Hay sol, es una linda tarde de invierno. Me sorprende el paso de cuatro motos con dos tipos en cada una de ellas. Camperas negras, uno con una A en la espalda, apenas me acuerdo de eso. Motoqueros, pienso. Cuarentones, cincuentones. Barba y bigotes, algunos. ¿No dan hippies viejos?, pienso. Da. Son clásicos motoqueros, concluyo. Y no. Son chorros. Clásicos motochorros.

Habían calculado el semáforo. Uno gordo, el de la primera moto, le revienta el vidrio del acompañante a una camioneta Honda Blanca. El primero de los hijos de puta golpea el cristal. Una, dos, tres veces. El mundo se detiene. No sabía que el tiempo se congela. Pero sucede. El único sonido en sordina es el estallido del vidrio que machaca el estruendoso silencio de la estupefacción. Yo, como un boludo, me quedo paralizado en medio de la calle. No grito, no ayudo, no filmo, no me guarezco. Inmóvil. Petrificado. A tres metros del crimen.

Una mujer que llega con su auto por Honduras me toca bocina creyendo que soy un peatón boludo que no cruza. Pero enseguida se da cuenta de que no. Soy un ciudadano boludo que se paraliza de miedo ante lo que ve. Y ella también se paraliza. Creo que llora. Dos vecinos del edificio de enfrente se aterran y ven un arma que lleva el de campera negra de la última moto. Nadie grita. Nadie se mueve. Todos, con temor reverencial, observamos a los que son dueños de nuestra chance de perder nuestras cosas. O de nuestras vidas, cómo no. Nadie puede nada. Hay un saber compartido entre nosotros, aprendido a los golpes de tanto y tanto visto y vivido: lo que correspondería hacer, gritar, impedir el robo, intervenir, ya no tiene cabida en esta realidad de inseguridad en cualquier lugar. Ganaron, pienso.

Cuatro motos. Ocho motochorros a cara descubierta en pleno Palermo a la 1 de la tarde. Se fugan por Dorrego y salen arando por enfrente del distrito audiovisual todo pintado de amarillo. Ni un cana, ni un patrullero, ni un alguien que te haga sentir que esto no es la selva del sálvese quien pueda.

Se llevan una mochila, cuenta la víctima. Me impacta su serenidad. O su terror digno. El robado es un muchacho canoso de suéter marrón claro que luce como tu cuñado que labura mucho para que le vaya bien. Le sangran los dedos y busca desesperadamente la llave del auto que parece le arrancaron los hijos de puta. Alguien dice que lo hacen para que el automovilista no corra a los chorros.

La señora del auto llora. Me pide disculpas por haberme tocado bocina y me confiesa que quizá el muchacho fue al banco, lo marcaron y que no hay que andar solo cuando uno saca plata del banco. El vecino del edificio que conozco porque tiene un perro schnauzer me dice que no conviene venir por Honduras porque el semáforo es de tres tiempos y les da más chances para robar. Otro señor dice que los bolsos son peligrosos hoy día. Las maravillosas empleadas de Decata, de la esquina, ahora sí corren, llaman a la policía, le acercan un vaso de agua al robado y le dicen que esto pasa en todos lados.

Sigo ahí parado. Aún como un boludo. Me doy cuenta de que no soy el único. Salvo los 8 chorros que acaban de hacer un “laburo” más, todos pensamos en lo que hay que hacer para no ser el canoso de la camioneta. No sacar plata, no ir por calles de semáforos largos, no andar a cualquier hora con bolsos sospechosos. Nos ganaron. Los hijos de puta nos ganaron y lograron que seamos una legión de boludos que andamos desprotegidos a toda hora, en todo lugar culpándonos por hacer cosas normales, por cumplir con lo que debemos, por vivir como seres humanos. Muy boludos. Lograron que lo que está bien sea favorecedor de lo que está muy mal. Que lo que sintamos que hay que cambiar es lo que está bien y no lo otro. No hay que llevar bolsos, flota en calle Honduras. Y mientras discutimos si es “estigmatizante” ponerles un chalequito a los motociclistas, nadie piensa que lo que está mal, está mal

No hay traspaso de la policía, no hay saturación de controles, no hay leyes más duras, no hay patrulleros inteligentes, no hay nada que modifique esto. Con miedo, con riesgo de vida, con mucho miedo, han logrado imponernos la derrota en esta batalla en donde los ladrones pesan más que los honestos. El brazo se lo han levantado a ellos. El árbitro, ese Estado ocupado por funcionarios de cualquier color, favoreció el miedo de la mayoría y la hijaputez de unos pocos. Y eso, da mucho más miedo. Cruzo la calle, y me siento a escribir.

30 años es mucho, demasiado

Tribuna. En 1988, el por entonces presidente Raúl Alfonsín reclamó en la Sociedad Rural dejar de lado los fanatismos. Habló de pobreza, inseguridad y crisis económica. Como si el tiempo no hubiese pasado, el discurso de Macri fue similar.

El presidente se paró en la tribuna principal de Exposición Rural Argentina y dijo: “Vivimos una crisis aguda de la que es necesario salir. Disminución de la calidad de vida, aumento de la marginalidad, índices sociales de desesperación, aumento de la pobreza. Hemos recibido un país devastado. Estamos realizando un esfuerzo enorme y vamos progresando. Vamos a seguir en la discusión sobre estas cosas, en la discusión que no quieren los fanáticos, los que se creen dueños de la verdad, los que atentan contra la convivencia de los argentinos”.

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Hacer campaña sin decir nada

 

Estrategias. El kirchnerismo decidió que lo mejor es no hablar. El gobierno ordenó no confrontar con Cristina y evitar las polémicas en los medios. Así, ninguno de ellos dará explicaciones por el pasado y el presente.

La política argentina en campaña piensa distinto al resto de los mortales a los que debe convencer. Uno supone que la ciudadanía está ávida de saber cómo piensa revertir el gobierno el momento socioeconómico tan duro que deja tecleando a tantos. Se imagina al votante pidiendo explicaciones a quien gobernó 12 años la Nación consiguiendo la realidad tan distinta a su relato. No es loco pensar que los que se postulen deberían estar afilando sus argumentos para hablar de estos temas. Error.

 

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Elogio de la tibieza

Elecciones 2017. En la Argentina de hoy, criticar a Macri y a Cristina a la vez es algo que no se entiende ni acepta. Ahí está el ejemplo de Tomás Abraham para probarlo. “Me quedé solo”, dice el filósofo.

 

“Siento que me he quedado solo. Criticar a la vez a Cristina y a Mauricio te deja solo”. El que habla con este cronista es el filósofo Tomás Abraham. No hace falta recordar demasiado el currículo de este pensador, docente de la Universidad de Buenos Aires y visitante de muchas casas de altos estudios del mundo, discípulo de Michel Foucault, con quien estudió en París en los años ‘60 y donde vivió cerca de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir el mayo de la imaginación al poder. Autor, también, de decenas de libros de ensayos filosóficos y sociológicos a más de ficción.

Abraham sostiene que el gobierno de Mauricio Macri ha agravado la pobreza. De hecho, lo critica diciendo que el PRO desconoce qué cosa es la pobreza por su procedencia de familias que jamás supieron de una carencia. Sin embargo, a quien haya leído y seguido a este intelectual no debería sorprenderlo que fue y es tanto o más crítico de los 12 años de gobiernos K, a los que define como una estafa y chantaje ideológicos, acusándolos de haber clausurado la posibilidad de circulación de la palabra y del pensamiento. “El kirchnerismo se apropió de banderas que no le eran propias y le negó el derecho a los demás de opinar. «Yo soy lo que está bien», auto decretaron, y el que no comparte es el que está mal”, dice Abraham.

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