Balcarce 50 en campaña

Tras la marcha de apoyo del 1º de abril, el gobierno vive un clima de euforia electoral. El rol de Macri en las estrategias electorales y el apoyo a Lilita Carrió.

 

En los pasillos de la Casa rosada el cambio de clima es evidente. La euforia se ha instalado desde hace 20 días. Para ser más precisos, desde la marcha del 1º de abril la administración Macri está presa de un envalentonamiento evidente. “Estamos en condiciones de ganar las elecciones”, le dice a este cronista un ministro con despacho muy cercano al presidente. “Si la macro economía llega a la gente en el día a día es indudable. Si no, también”, concluye terminante el hombre de poder.

Cambiemos ha decidido dos cosas para este 2017. Que la campaña es “ellos o nosotros” y que los actos proselitistas se van a pasar en “defender los valores del modelo” antes que a los candidatos. Traducido brutalmente: “Es Cristina o Macri, es el pasado o el futuro”, se anima uno de los secretarios del ministro consultado que no mide diplomacias ante un periodista. “Salvo”, agrega enseguida, “en el caso de Lilita”.

 

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La campaña

Estrategia. El presidente tomó partido en la puja interna por los sectores más duros del gobierno. La orden es confrontar con la oposición y activar medidas que favorezcan el consumo.

 

El gobierno nacional ha decidido dejar su papel de gestor de buenas ondas basado en la esperanza de un país mejor y se lanzó a la contienda electoral. Como se anticipó en esta misma columna, los dos sectores en pugna de Cambiemos plantearon su posición y el presidente, el martes pasado, tomó la decisión de apoyar a los más duros de su elenco y privilegiar la confrontación como estrategia con miras a las elecciones de octubre. “Los globos de colores sostenidos por chicos sonrientes se desinflaron de la mano de los que decimos que ganamos en octubre o estamos en problemas serios”, confió uno de los “halcones” del staff oficial.

 

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Los piquetes han triunfado

En Argentina cortar una calle es algo correcto para el imaginario popular. Mientras tanto, autoridades administrativas y judiciales incumplen la ley y no garantizan el libre tránsito.

La enorme mayoría de la dirigencia política argentina le tiene pánico a los piquetes. La posibilidad de que su jurisdicción sea invadida por cortes callejeros o de rutas propias los aterra. Un hombre que supo gobernar un territorio inmenso y hoy está en el Congreso lo graficó de esta manera: “Prefiero que me tiren huevos en un acto, que me impugnen una licitación o que me volteen a un ministro antes que tener un piquete. Porque siempre, siempre, el piquete te genera insultos de los cortan y de los que no pueden pasar”.

Según la consultora Diagnóstico Político, Argentina padeció, números redondos, de 7.000 piquetes el año pasado. El ranking de los lugares más cortados lo encabeza la provincia de Buenos Aires con tres piquetes diarios, luego la Capital Federal con dos y en el podio, medalla de bronce, la provincia de Santa Fe con tres piquetes cada dos días. En todos los casos, la decisión política es, expresa o tácita, admitirlos. Fue Patricia Bullrich la que le dijo al aire a este cronista que el protocolo para evitarlos suponía una intimación de cinco minutos a los manifestantes y luego el desalojo, dentro de la ley, por la fuerza pública. El protocolo duerme el sueño de los justos. En la Capital Federal, el hoy jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta mandó a decir a su ministro de Seguridad y Justicia que el corte puede ser legal o ilegal dependiendo “de si fue avisado, del tamaño de la movida (sic), de la cantidad de gente y de muchos otros factores”. Ergo, se puede cortar lo que se quiera. Santa Fe, no escapa a esta posición. Los sucesivos gobiernos de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz sostuvieron que el uso de la policía para garantizar el libre tránsito es “represivo”, entendiendo por tal, propio de las dictaduras.

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La grieta vive

El gobierno atraviesa sus peores días y como estrategia para superarlo se plantea reflotar la dialéctica del blanco o negro, de esto o el pasado. O, en suma, de Macri o Cristina

s propios correligionarios de María Eugenia Vidal le imputan su primer gran error no forzado de proporciones aún inciertas: los docentes. Algunos dirigentes con acceso diario al despacho presidencial creen que la excesiva confianza de la mujer mejor posicionada en la credibilidad pública le causó un daño significativo al gobierno de Mauricio Macri. Esto, en la “quincena horribilis” que atraviesa la gestión (Correo, Avianca, pobreza), preocupa y mucho. Haber “comprado” una crisis con los maestros es mucho más que millones de chicos sin clases. Ya se sabe que el escenario público ganado por los líderes de ese sector es un dolor de cabeza seguro.

 

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La educación no le importa a nadie

Pésima señal. Es un estrepitoso fracaso de la política que mañana no se inicie el ciclo lectivo. Un debate atravesado por los magros sueldos de los docentes, la falta de respuestas del gobierno y las especulaciones electorales.
 

El no comienzo de clases en todo el país que se registrará mañana es la muestra del más estrepitoso fracaso de la política en estos casi 35 años de democracia argentina. No se trata de una huelga más, ni de un reclamo salarial justificado ni de un modo de encarar el sistema de enseñanza. Es corroborar, una vez más, que la política nacional no tiene empacho en usar la educación como herramienta electoral o de “chiquitaje” partidario.

Un maestro gana en Argentina, en promedio, 65 pesos la hora. Si se excluyen los extremos de sueldos altos de la Patagonia, ésa es la cifra. Inmediatamente se cuestionará el dato de un lado y del otro: los paleozoicos que dirán que un maestro trabaja 4 horas por días y tiene tres meses de vacaciones (si hasta da vergüenza escribirlo) y los dogmáticos que no quieren soportar una autocrítica y una revisión de la tarea docente que verán demasiado abultada esta cifra. Cerremos este debate diciendo que en la provincia más rica de nuestro país, Buenos Aires, un maestro gana 9.000 pesos de salario inicial. Las divisiones por horas no se discuten desde Pitágoras.

 

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El infierno es siempre ajeno

A partir de marzo el gobierno se enfrentará con un complicado panorama laboral, aunque asegura que los números de la economía comenzarán a mejorar. Macri mantiene firme el rumbo.

 

El presidente miró fijo a su interlocutor, tomó un largo sorbo de agua y lo dijo casi silabeando: “Massa es lo mismo. Fue el ministro coordinador de Cristina. Cuando estuvo en el Ansés no corrigió lo que ahora reclama. Es funcional, sino igual, a los K”. El hombre que lo escuchaba, un viejo empresario que supo tratar mucho en el pasado a quien hoy es el titular del Poder Ejecutivo, dio un paso más: “¿Vos creés que te quieren voltear?”, preguntó. Macri estaba dispuesto a responder cuando su jefe de Gabinete, otro de los dos funcionarios que acompañaban al presidente en la reunión en la residencia de Olivos, se le adelantó: “Nosotros, si algo tenemos, es experiencia para las crisis. Estamos tranquilos. Vamos bien”, dijo Marcos Peña.

Mauricio Macri, dicen los que lo frecuentan a diario, está molesto. Ni nervioso, ni deprimido: molesto. Lo irrita que le digan que es un gobierno de CEO’s y de pasantes y sostiene que no hay demasiado margen de maniobra para gobernar la Argentina que define como quebrada. “Somos especiales los argentinos. Queremos que el Estado no despilfarre pero pedimos aumento del gasto público sin control. Queremos que se cumpla la ley pero ante el menor inconveniente buscamos como saltar el cerco de la norma”, le confesó el presidente a su viejo amigo empresario. “Es esto o Venezuela. Es esto o que vuelva el kirchnerismo”, agregó en la misma charla sostenida unas horas antes de que el mandatario viajase a España.

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Si pasa, pasa

El gobierno volvió a exhibir un peligroso ir y venir en sus decisiones. ¿Son torpezas o son acciones que se revisten de error al ser descubiertas? La detención de Milani y los derechos humanos.

 

El gobierno se debate hoy qué estrategia encarar con vistas a las elecciones de octubre. El sector más ortodoxo, cuya bandera sostiene Jaime Durán Barba, cree que el lema electoral debe ser “somos nosotros o vuelve el kirchnerismo”. Los menos radicalizados se inclinan por una opción que no deje de lado el recuerdo de la herencia del gobierno que se fue pero que el corazón de lo que se diga tiene que ser los logros de la gestión que se inició en diciembre de 2015.

Cuando se estaba debatiendo esto entre los que de verdad se sientan a la mesa del presidente para perfilar decisiones, dos hechos de resonancia escandalosa en la palestra pública estallaron: la deuda del correo de Franco Macri y el recálculo (sic) del haber de la jubilación mínima. La administración de Cambiemos volvió a exhibir, otra vez, un peligroso ir y venir en su posición. Por lo del Correo, primero acusó a la fiscal que se opuso al acuerdo de ser K, de no entender de derecho y pergeñó conspiraciones diversas. Por lo de los haberes de jubilaciones, volvió a ver la mano de Cristina y sus seguidores y llegó a decir, en boca del vicejefe de Gabinete, que no los iban a correr por 20 o 30 pesos. Lo llamativo fue que en la conferencia de prensa de Mauricio Macri (buena decisión del equipo de someterlo a un verdadero preguntar y responder) dio marcha atrás concediendo implícitamente la razón a la fiscal Gabriela Boquín y a los opositores que bramaron por el recorte a los jubilados. Si se vuelve a foja cero, entonces ¿es que no tenían razón los oficialistas de enojarse como lo hicieron?

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Ser, aparentar y actuar

mauricio franco

 

 

El episodio con la deuda del Correo Argentino vuelve a interpelar al presidente Macri: ¿está decidido realmente a ir a fondo en la lucha contra la corrupción y el respeto a la ley?

 

“Detesto menos a los ineficientes o inútiles que a los que mienten omitiendo cumplir todo lo que voluntariamente dijeron que sabían hacer. Traicionar las expectativas planteadas por uno mismo debería ser delito en el código penal”. Así terminaba una obra de teatro española que hablaba de la resistencia al franquismo y que ponía en boca de su viejo protagonista el hastío por las promesas incumplidas.

Mauricio Macri debería tomar especial nota que hay enormes expectativas por su gestión. No es un presidente más que llegó en la sucesión ordinaria de un estado de derecho consolidado y acostumbrado a pendular entre distintas posiciones ideológicas sin sobresaltos. El actual titular del Ejecutivo asumió como máximo representante de una democracia golpeada en los últimos 80 años y luego de 12 de una gestión que deseó con voracidad y sin prejuicio ninguno eternizarse en el poder con prescindencia de las normas. Eso en lo político. En lo económico social, Macri gestiona un país que cristalizó y, peor, naturalizó el 30 por ciento de su población en la pobreza, conciudadanos sometidos a una situación socialmente injusta y económicamente presos.

 

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El teorema de Lousteau

Bajo la lupa. ¿Puede Cambiemos administrar el país como el PRO gestiona la ciudad de Buenos Aires? El ex ministro dice que no y dispara el análisis sobre el presente de la alianza gobernante.

 

“El PRO gobierna la ciudad de Buenos Aires con una lógica muy particular: es una superficie de 200 kilómetros cuadrados, tiene el quinto de la población de la provincia de Buenos Aires y el doble de presupuesto per cápita por habitante. No necesita de acuerdos políticos ni precisa de consensuar con los que no piensan como ellos. Con esa estrategia, sin embargo, no se puede gobernar un país como la Argentina”.

El que así habla es el embajador argentino en los Estados Unidos, Martín Lousteau, quien intenta describir la crisis política desatada en estas últimas dos semanas de diciembre. El ex ministro de Economía fue el que casi le arrebata al partido de Mauricio Macri su distrito bautismal cuando por poco le gana las elecciones a Horacio Rodríguez Larreta e, indirectamente, uno de los que apoyó la candidatura de Mauricio Macri hace un año.

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Un presidente ladrándole al espejo

Puja. La oposición sacó de quicio al gobierno de Macri con su proyecto de Ganancias; hubo acusaciones cruzadas y descalificaciones. Pero lo que se discute, en realidad, es poder electoral.

 

La  realidad de la política argentina quedó retratada esta semana en una foto en la Cámara de Diputados. Una veintena de legisladores de 13 partidos distintos sacaron de quicio al gobierno nacional al acordar un proyecto de modificación al impuesto a las Ganancias que Cambiemos considera un mamarracho impracticable. De un lado y del otro, volaron calificativos que van desde soberbio, impostor, destituyente y golpistas. De lo que se discute es de poder electoral. No del fondo de la cuestión.

 

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