¿Por qué con ella?

El autor de esta nota, que entrevistó el jueves a la ex presidenta Cristina Fernández, reflexiona sobre el diálogo que mantuvieron y también acerca de las repercusiones que generó. Entretelones de la nota periodística de la semana.

Mi compañero de trabajo Santiago del Moro fue el que con su pregunta me llevó a pensar que el reclamo de algunos. El porqué del reportaje a Cristina Kirchner tenía dos respuestas bien distintas, entendí entonces. ¿Qué te hubiera dicho tu vieja por entrevistar a Cristina Kirchner?, me lanzó el conductor de tele irrumpiendo en la discusión sobre el contenido periodístico de la nota. No dudé: me insultaría, estaría ofendida, me hubiese reclamado que le gritara muchas cosas, le dije. Ahí supe, cuando hablábamos con los otros colegas de inflación, Nisman o los bolsos de López, que los dos planos de mirada sobre el tema, no se tocaban.

 

No siento que tenga que justificar nada, ante nadie, por haber hecho una de las primeras entrevistas a las dos veces ex presidente de la Nación en condiciones inusuales. La propia doctora Fernández explicó esto último: “Vine a un medio hostil con mi gestión y estoy ante un periodista crítico que no comparte nada de mi gobierno”, dijo en el reportaje. Sin embargo, la indudable discusión que suscitó merece, creo, algunas reflexiones para el público en general y el oficio periodístico en particular y para televidentes como mi vieja.

Por lo primero, me resulta llamativo que haya que recordar de qué va una entrevista. Es evidente que en los tiempos de la grieta, la intolerancia ha arrasado con los principios elementales del periodismo. Un reportaje es un género periodístico con reglas. Con sólo asomarse a los manuales de la profesión se sabe que una de las máximas de la entrevista es que el contenido es el rey. Lo que debe perseguirse con las preguntas es contenido de relevancia periodística. El protagonista, seguro, no es el entrevistador. El que suponga que un reportaje es para el lucimiento de quien pregunta sin importar lo que obtenga de ese cuestionario es un narcisista del oficio o un cultor de otra máxima que sostiene que muchos preguntan para tener razón y no para conocer la verdad.

El reportaje, y así se planteó desde Infobae, el medio que obtuvo la posibilidad de la nota, es una sucesión de preguntas y repreguntas que pretenden poner en evidencia lo que piensa el reporteado. La adjetivación o calificación de lo que se dice corre por cuenta de quien la ve y, cómo no, de los periodistas que escribirán columnas de opinión, otro género, sobre el reportaje. Un reportaje debe ser sustantivado: qué, cómo, dónde, cuándo y por qué son los modos de conseguirlo. No adjetivado: tremendo, inadmisible, asqueroso, mentiroso.

Cuando supe que entrevistaría a la doctora Fernández, recorté pensando en otro condicionante objetivo (60 minutos de tiempo era lo acordado) el temario a 12 temas que interpreté fundamentales para ser puestos en la mesa del reportaje. Alberto Nisman, el memorándum de entendimiento con Irán, Venezuela, José López y amado Boudou, Hotesur y Los Sauces, las cadenas oficiales de su mandato, su fortuna personal, César Milani, la justicia, la interna peronista, la herencia económica y la grieta. El reportaje no tiene fórmulas aritméticas. Pero 60 minutos son eso, acá y en Sri Lanka. 5 minutos por cada tema eran un parámetro para tener en cuenta. ¿Faltaron tópicos? Claro. ¿Había mejores o más personales o más actuales o más curiosos? Claro. El recorte de contenido es infinito.

Ante la pregunta, cabe la repregunta. Ante la insistencia de la misma respuesta, la valoración es de quien lo ve. Tanto si el reporteado afirma, niega o evade la respuesta. No responder tres veces a la pregunta de si en Venezuela hay estado de derecho es un modo de responder.

Entrevistar a un ex presidente (o a quien ejerce el Poder Ejecutivo en ese momento) supone, y esto es opinión personal, una cuota especial de respeto. Institucional y de tolerancia en la extensión de las respuestas. Cristina Kichner es, a pesar suyo y de sus detractores, dos veces presidente con el voto popular de la democracia. De paso: suele ser más sencilla la ira por la falta de una pregunta que reconocer haberla votado o recordar el resultado de las urnas. La interrupción constante del entrevistado no hace necesariamente mejor el reportaje. Puede ser, es cierto, un reclamo en este caso.

La pregunta con datos concretos (cantidad de causas de corrupción, fecha de nombramiento de funcionarios presos, fechas de reuniones) es un modo de conocer hecha con los pies en la tierra de la realidad. Juzgan, en lo jurídico, los jueces y los fiscales. Un reportaje no es una declaración indagatoria. Tampoco es un espacio de canalización de odios o vanidades personales.

Allí, las 3 o 4 ideas con las que este cronista cree se aborda un reportaje. Sin embargo, la pregunta de Del Moro quedó repicando. ¿Qué hubiera dicho tu vieja? Y lo respondo: Me hubiese puteado. En realidad, siento que muchas María Olimpia hubiesen esperado eso. El insulto a la entrevistada. Por aceptar la entrevista, por no haberla insultado diciéndole el mal que le hizo al país, por no haberla increpado diciendo que se retire de la política. Y no es menos cierto que tantos otros hubieran esperado que la adulase, la mimase, la santificase. Una coincidencia: unos y otros, del lado del fanatismo ciego que persiguen, otra vez, tener la verdad revelada que no admite discusiones. Fundamentalistas.

Al fundamentalismo, siento que no hay que referirlo. Basta con padecerlo. A los que creen que el modo de combatir a los caníbales es comérselos, hay que soportarlos pero no considerarlos. Pero a mi vieja y a los que en esa buena fe quedan comprendidos, ahora en serio, por el afecto y el enojo de buena leche, algunas explicaciones.

Jamás insultaría a Cristina Kirchner, aunque la ex presidente crea erradamente que el insulto es una corroboración de la democracia, porque respeto mi oficio y aunque la creyera merecedora de un denuesto, el agravio no desintegra lo que se critica. Es como pensar, y perdón por la comparación forzada, en un médico insultando al paciente porque no le da datos concretos de su enfermedad. El profesional necesita hacer salir a la luz, con imágenes bien relatadas de una tomografía lo que presume que está mal. Constatar si lo que dice el paciente es cierto de acuerdo a la realidad. Y si ahí no está, busca con otros análisis. Pero no insulta, nunca, al paciente ni al ecografista. Porque respeta su oficio.

No creo en el estilo de pensar más en uno mismo como reportero que en el público que pretendo cautivar con un extenso reportaje. Creer que es más profesional insultar o adular al entrevistado antes que recordar que el rey es el contenido más amplio posible es trabajar para el ego propio o para los talibanes que, seguro, se dice de palabra combatir.

Por fin, le diría a mi vieja que con el 90 por ciento de los entrevistados de todos los días no comparto ni sus principios ni el deseo de tomar un café juntos siquiera. Como en todas las profesiones. ¿O acaso el cajero del supermercado, el dentista, el bancario sólo atiende a los que considera homogéneo con sus ideas? Pero incluso para ellos, con todos y todas, para no ser igual a los que he dicho y digo repudiar, debo ejercer (con mucho esfuerzo y mucha paciencia) el trabajo de respetar siempre, preguntar y repreguntar siempre y no menospreciar al público que lo ve.

La sutileza es también un modo de leer un reportaje. Nadie, que se precie de avisado, puede no entender el sentido de hacer silencios, sostener miradas o preguntar a un entrevistado si ha dicho toda la vedad. Un televidente con ganas de escuchar y no de sublimar la ira, tiene siempre el derecho a adjetivar en la intimidad de su conciencia: en base a lo que ve gracias a las preguntas y no a lo que desea sostenido en su fundamentalismo.