Escupidas al cielo y ley de gravedad

A Amado Boudou se le atribuyen delitos inmensos y graves. La Justicia argumenta que lo detiene por los riesgos que implica para la investigación que siga en libertad. Entonces, ¿por qué no lo apresó antes?

 

 

¿Julio de Vido es un preso político? No. Es un político preso que en una de sus causas intentó hacer desaparecer documentación importante como prueba, consiguió fueros como diputado que evitarían su eventual detención y se hizo nombrar presidente de la comisión de Energía de la Cámara baja con jurisdicción sobre la empresa investigada por sus manejos. ¿Criterio duro para detenerlo? Sin dudas. Pero criterio jurídico.

¿Milagro Sala es una presa política? No. Es una “parapolítica” presa que amenazó testigos para que no declararan en su contra, sostuvo el poder de sus secuaces para hacer desaparecer dinero, fraguó certificados médicos para no ser indagada entre otras irregularidades. Eso es entorpecer el proceso penal, jurídicamente hablando.

 

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Adjetivos delirantes

Tras las rejas. Julio de Vido no es un preso político sino por la ley, alguien que ya entorpeció la investigación en su contra y podría seguir haciéndolo.

Julio De Vido es un preso político. En la Argentina no hay más Estado de derecho. La primera afirmación corresponde al abogado defensor del ex ministro de Planificación de la Nación. La segunda, a su ex jefe, la doctora Cristina Kirchner, quien sin poner las manos en el fuego por su secretario de Estado, diagnosticó el fin de la República.
Si es cierto lo que decía Sarmiento que del ridículo no se vuelve, no menos debería ser el no regreso desde la adjetivación delirante sin un sustantivo que la respalde. Julio de Vido está preso por decisión de dos tribunales que instruyen un proceso penal en el que puede defenderse como cualquier ciudadano de a pie. Porque, por las dudas, ante la ley es un mero ciudadano de a pie.

¿Por qué está detenido de Vido ahora? ¿Por qué él y no la treintena de imputados en la causa que están siendo investigados por un fraude en perjuicio del Estado tendiente a rapiñarse millones de dólares en obras inexistentes o con sobreprecios en los yacimientos carboníferos de Río Turbio? ¿Por qué está preso él y no Amado Boudou, Carlos Menem u otros funcionarios que serán recordados por su desfile justificado por Comodoro Py?

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Desolación

Imágenes. El caso Maldonado muestra descarnadamente el absoluto fracaso de las instituciones. La sociedad argentina ha naturalizado la irracionalidad.

 

Tres imágenes pintan la desolación del caso y el fracaso ominoso de las instituciones. La familia de Santiago Maldonado pasó ocho horas custodiando el cuerpo, sentados en el piso a la vera del río Chubut, por temor a que alguien perpetrase un daño contra él. Los perros que localizaron el cadáver son adiestrados y manejados por héroes de enorme capacidad técnica pero bomberos voluntarios, sin ninguna retribución del Estado. La autopsia del cuerpo hallado se pudo realizar porque los empleados estatales de la morgue levantaron, sólo para este caso, el paro de actividades. Si no, como al resto de los mortales, se habría esperado semanas.

Las tres imágenes son patéticas por sí y porque guardan una lógica ilógica que se ha instalado en nuestro país. Hemos naturalizado la irracionalidad. Es perfectamente posible que alguien dañe el cuerpo para evitar saber la verdad. Alberto Nisman, Carlos Menem hijo, Natalia Fraticelli, por apenas enumerar tres casos conocidos y que vienen rápido a la memoria. Irracional. El Estado con déficit multimillonario en bolsos arrojados por las paredes de los conventos, que sostiene un tercio de su población en la pobreza, evita invertir en especialistas profesionales y descansa la búsqueda de un desaparecido en un bombero voluntario. Irracional. Un paro puede aletargar saber la verdad de un crimen y no pasa nada. Irracional.

 

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Cristina, Carrió y la posverdad

Dichos y discursos. No importa qué se dice y cómo se dice, incluso los hechos de difícil comprobación. La emoción de las personas en torno al mensaje puede más que todo.

Las posverdad es a la realidad lo que la impunidad dialéctica al verdadero debate político. No hay ninguna posibilidad de volver al camino de la discusión seria de los temas argentinos sin reconocer que hoy no hay debate sino apenas cruces, cada vez más violentos y maleducados, entre personas que no se reconocen a priori ni el menor interés por saber lo que piensa el otro. Porque sobre todo, se está dispuesto a negar lo obvio, hasta que el agua moja.

Antes de que Oxford Dictionaries incorporase el término posverdad (curiosidad: el corrector automático de la máquina en la que estoy escribiendo me subraya en rojo la palabra) muchos autores habían hablado de este fenómeno que, palabras más, palabras menos, supone que la realidad objetiva de un hecho es menos importante que las emociones y creencias personales que se tienen sobre él. De manera torpe y concreta: hoy es menor potente la “verdad” que lo que yo quiero pensar y sentir sobre esa “verdad”. “Verdad” a gusto del consumidor, para buscarle un slogan.

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El gran bonete

La coartada. No hay ninguna duda de que el juez Otranto quiso escaparse de la causa Maldonado. Hasta el más ingenuo se da cuenta de que sus declaraciones públicas fueron para pedir a gritos que lo recusaran por prejuzgamiento.

 

Si algo le faltaba a la causa de Santiago Maldonado era que el juez se escapara de la investigación. Porque entendámoslo sin vueltas: el doctor Guido Otranto decidió huir del proceso que debe determinar qué pasó con el artesano recurriendo a una entrevista periodística como coartada de fuga. Habló con un periodista, no para cumplir con su deber republicano de dar cuentas de sus actos sino para escapar sin ponerse colorado de sus obligaciones.

“La hipótesis más razonable es que Maldonado se ahogó”, le dijo el juez al diario La Nación. Una criatura de 4 años se da cuenta que sus dichos fueron para pedir a gritos que lo recusaran por prejuzgamiento. Una persona con una mínima dosis de sensibilidad se horrorizaría al pensar que un magistrado pueda usar cualquier recurso sin pensar en la familia del desaparecido para zafar por tirante. El juez Otranto jamás le avisó antes a la madre, el padre o la esposa del joven que pensaba esto. Los que esperan que vuelva, se enteraron por los diarios de esta hipótesis.

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¿Por qué con ella?

El autor de esta nota, que entrevistó el jueves a la ex presidenta Cristina Fernández, reflexiona sobre el diálogo que mantuvieron y también acerca de las repercusiones que generó. Entretelones de la nota periodística de la semana.

Mi compañero de trabajo Santiago del Moro fue el que con su pregunta me llevó a pensar que el reclamo de algunos. El porqué del reportaje a Cristina Kirchner tenía dos respuestas bien distintas, entendí entonces. ¿Qué te hubiera dicho tu vieja por entrevistar a Cristina Kirchner?, me lanzó el conductor de tele irrumpiendo en la discusión sobre el contenido periodístico de la nota. No dudé: me insultaría, estaría ofendida, me hubiese reclamado que le gritara muchas cosas, le dije. Ahí supe, cuando hablábamos con los otros colegas de inflación, Nisman o los bolsos de López, que los dos planos de mirada sobre el tema, no se tocaban.

 

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El agua moja

Sin escrúpulos. Parece que para muchos ni la vida ni la muerte son un límite ante el que detenerse para jugar con la política. La desaparición de Santiago Maldonado debería unirnos en el clamor, pero la reacción ha sido penosa.

La falta de escrupulosidad de cierta parte de la dirigencia argentina ha obtenido su consagración con postgrado en el caso de Santiago Maldonado. Parece que para muchos, ni la vida (ni la muerte) es un límite ante el que detenerse para jugar con la política.

Flota sobre esta realidad un fenómeno perverso que implica tener que explicar lo obvio. En nuestro país, como peligroso síntoma de la abdicación de la razón de estos tiempos, hay que explicar lo obvio. Estamos a un paso de tener que justificar que el agua moja. Y en ese conjunto de obviedades, lo único que importa como indiscutible es que Santiago Maldonado no aparece. El clamor “¿dónde está Santiago?”, es genuino, noble, justo y necesario. Eso debería preocuparnos y unirnos, sin condiciones, como uno lo hace frente a un temor fundado.

 

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Perdón por esta columna

Historia. Ana María murió a los 72 años. Luego de años de pelea diaria y de aportes, cobraba una jubilación de 7 mil pesos. Que millones de jubilados estén cobrando esos montos no es justo y tampoco lo es el trato que reciben.

 

Se supone que esta columna que desde hace algunos años me concede La Capital debe relatar la actualidad política nacional. Se supone que debería contar cómo se paran las fuerzas que disputaron las Paso y ya miran las elecciones de octubre. Quizá debería abordar el estrepitoso despertar del Poder Judicial de la Nación (enhorabuena si se han decidido a arrancar a hacer lo que les corresponde: aplicar la ley) luego de los comicios y pensar en las citaciones en las causas de corrupción cuando ya los votos del escrutinio están contados. Se supone que debería analizarse la horrible falta de noticias sobre Santiago Maldonado y la perversa grieta que puede instalarse para sacar provecho de la desaparición de un argentino. Se supone eso y mucho más.

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Chau Paso

Sin futuro. La dirigencia política está de acuerdo en que las primarias necesitan modificaciones o, directamente, ser derogadas. La votación de hoy está planteada como un plebiscito general: Macri será mirado en el poder, Cristina desde su falta de poder.

Todo indica que las elecciones primarias a las que nos enfrentamos hoy serán las últimas de su tipo. Sea cual sea el resultado, la comunidad política se ha puesto de acuerdo en que hay que modificar las Paso, si no derogarlas. Al menos un acuerdo en la crispada dirigencia nacional.

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Boludos e hijos de puta

Una y cinco de la tarde. Pleno Palermo Hollywood. Cruzo mal la calle, por la mitad de la cuadra. No hay que hacerlo, me digo. Me quedo tranquilo porque el semáforo de Honduras no da paso y los coches están parados. Veo de reojo el tránsito de los que circulan por Dorrego. Hay sol, es una linda tarde de invierno. Me sorprende el paso de cuatro motos con dos tipos en cada una de ellas. Camperas negras, uno con una A en la espalda, apenas me acuerdo de eso. Motoqueros, pienso. Cuarentones, cincuentones. Barba y bigotes, algunos. ¿No dan hippies viejos?, pienso. Da. Son clásicos motoqueros, concluyo. Y no. Son chorros. Clásicos motochorros.

Habían calculado el semáforo. Uno gordo, el de la primera moto, le revienta el vidrio del acompañante a una camioneta Honda Blanca. El primero de los hijos de puta golpea el cristal. Una, dos, tres veces. El mundo se detiene. No sabía que el tiempo se congela. Pero sucede. El único sonido en sordina es el estallido del vidrio que machaca el estruendoso silencio de la estupefacción. Yo, como un boludo, me quedo paralizado en medio de la calle. No grito, no ayudo, no filmo, no me guarezco. Inmóvil. Petrificado. A tres metros del crimen.

Una mujer que llega con su auto por Honduras me toca bocina creyendo que soy un peatón boludo que no cruza. Pero enseguida se da cuenta de que no. Soy un ciudadano boludo que se paraliza de miedo ante lo que ve. Y ella también se paraliza. Creo que llora. Dos vecinos del edificio de enfrente se aterran y ven un arma que lleva el de campera negra de la última moto. Nadie grita. Nadie se mueve. Todos, con temor reverencial, observamos a los que son dueños de nuestra chance de perder nuestras cosas. O de nuestras vidas, cómo no. Nadie puede nada. Hay un saber compartido entre nosotros, aprendido a los golpes de tanto y tanto visto y vivido: lo que correspondería hacer, gritar, impedir el robo, intervenir, ya no tiene cabida en esta realidad de inseguridad en cualquier lugar. Ganaron, pienso.

Cuatro motos. Ocho motochorros a cara descubierta en pleno Palermo a la 1 de la tarde. Se fugan por Dorrego y salen arando por enfrente del distrito audiovisual todo pintado de amarillo. Ni un cana, ni un patrullero, ni un alguien que te haga sentir que esto no es la selva del sálvese quien pueda.

Se llevan una mochila, cuenta la víctima. Me impacta su serenidad. O su terror digno. El robado es un muchacho canoso de suéter marrón claro que luce como tu cuñado que labura mucho para que le vaya bien. Le sangran los dedos y busca desesperadamente la llave del auto que parece le arrancaron los hijos de puta. Alguien dice que lo hacen para que el automovilista no corra a los chorros.

La señora del auto llora. Me pide disculpas por haberme tocado bocina y me confiesa que quizá el muchacho fue al banco, lo marcaron y que no hay que andar solo cuando uno saca plata del banco. El vecino del edificio que conozco porque tiene un perro schnauzer me dice que no conviene venir por Honduras porque el semáforo es de tres tiempos y les da más chances para robar. Otro señor dice que los bolsos son peligrosos hoy día. Las maravillosas empleadas de Decata, de la esquina, ahora sí corren, llaman a la policía, le acercan un vaso de agua al robado y le dicen que esto pasa en todos lados.

Sigo ahí parado. Aún como un boludo. Me doy cuenta de que no soy el único. Salvo los 8 chorros que acaban de hacer un “laburo” más, todos pensamos en lo que hay que hacer para no ser el canoso de la camioneta. No sacar plata, no ir por calles de semáforos largos, no andar a cualquier hora con bolsos sospechosos. Nos ganaron. Los hijos de puta nos ganaron y lograron que seamos una legión de boludos que andamos desprotegidos a toda hora, en todo lugar culpándonos por hacer cosas normales, por cumplir con lo que debemos, por vivir como seres humanos. Muy boludos. Lograron que lo que está bien sea favorecedor de lo que está muy mal. Que lo que sintamos que hay que cambiar es lo que está bien y no lo otro. No hay que llevar bolsos, flota en calle Honduras. Y mientras discutimos si es “estigmatizante” ponerles un chalequito a los motociclistas, nadie piensa que lo que está mal, está mal

No hay traspaso de la policía, no hay saturación de controles, no hay leyes más duras, no hay patrulleros inteligentes, no hay nada que modifique esto. Con miedo, con riesgo de vida, con mucho miedo, han logrado imponernos la derrota en esta batalla en donde los ladrones pesan más que los honestos. El brazo se lo han levantado a ellos. El árbitro, ese Estado ocupado por funcionarios de cualquier color, favoreció el miedo de la mayoría y la hijaputez de unos pocos. Y eso, da mucho más miedo. Cruzo la calle, y me siento a escribir.