Boludos e hijos de puta

Una y cinco de la tarde. Pleno Palermo Hollywood. Cruzo mal la calle, por la mitad de la cuadra. No hay que hacerlo, me digo. Me quedo tranquilo porque el semáforo de Honduras no da paso y los coches están parados. Veo de reojo el tránsito de los que circulan por Dorrego. Hay sol, es una linda tarde de invierno. Me sorprende el paso de cuatro motos con dos tipos en cada una de ellas. Camperas negras, uno con una A en la espalda, apenas me acuerdo de eso. Motoqueros, pienso. Cuarentones, cincuentones. Barba y bigotes, algunos. ¿No dan hippies viejos?, pienso. Da. Son clásicos motoqueros, concluyo. Y no. Son chorros. Clásicos motochorros.

Habían calculado el semáforo. Uno gordo, el de la primera moto, le revienta el vidrio del acompañante a una camioneta Honda Blanca. El primero de los hijos de puta golpea el cristal. Una, dos, tres veces. El mundo se detiene. No sabía que el tiempo se congela. Pero sucede. El único sonido en sordina es el estallido del vidrio que machaca el estruendoso silencio de la estupefacción. Yo, como un boludo, me quedo paralizado en medio de la calle. No grito, no ayudo, no filmo, no me guarezco. Inmóvil. Petrificado. A tres metros del crimen.

Una mujer que llega con su auto por Honduras me toca bocina creyendo que soy un peatón boludo que no cruza. Pero enseguida se da cuenta de que no. Soy un ciudadano boludo que se paraliza de miedo ante lo que ve. Y ella también se paraliza. Creo que llora. Dos vecinos del edificio de enfrente se aterran y ven un arma que lleva el de campera negra de la última moto. Nadie grita. Nadie se mueve. Todos, con temor reverencial, observamos a los que son dueños de nuestra chance de perder nuestras cosas. O de nuestras vidas, cómo no. Nadie puede nada. Hay un saber compartido entre nosotros, aprendido a los golpes de tanto y tanto visto y vivido: lo que correspondería hacer, gritar, impedir el robo, intervenir, ya no tiene cabida en esta realidad de inseguridad en cualquier lugar. Ganaron, pienso.

Cuatro motos. Ocho motochorros a cara descubierta en pleno Palermo a la 1 de la tarde. Se fugan por Dorrego y salen arando por enfrente del distrito audiovisual todo pintado de amarillo. Ni un cana, ni un patrullero, ni un alguien que te haga sentir que esto no es la selva del sálvese quien pueda.

Se llevan una mochila, cuenta la víctima. Me impacta su serenidad. O su terror digno. El robado es un muchacho canoso de suéter marrón claro que luce como tu cuñado que labura mucho para que le vaya bien. Le sangran los dedos y busca desesperadamente la llave del auto que parece le arrancaron los hijos de puta. Alguien dice que lo hacen para que el automovilista no corra a los chorros.

La señora del auto llora. Me pide disculpas por haberme tocado bocina y me confiesa que quizá el muchacho fue al banco, lo marcaron y que no hay que andar solo cuando uno saca plata del banco. El vecino del edificio que conozco porque tiene un perro schnauzer me dice que no conviene venir por Honduras porque el semáforo es de tres tiempos y les da más chances para robar. Otro señor dice que los bolsos son peligrosos hoy día. Las maravillosas empleadas de Decata, de la esquina, ahora sí corren, llaman a la policía, le acercan un vaso de agua al robado y le dicen que esto pasa en todos lados.

Sigo ahí parado. Aún como un boludo. Me doy cuenta de que no soy el único. Salvo los 8 chorros que acaban de hacer un “laburo” más, todos pensamos en lo que hay que hacer para no ser el canoso de la camioneta. No sacar plata, no ir por calles de semáforos largos, no andar a cualquier hora con bolsos sospechosos. Nos ganaron. Los hijos de puta nos ganaron y lograron que seamos una legión de boludos que andamos desprotegidos a toda hora, en todo lugar culpándonos por hacer cosas normales, por cumplir con lo que debemos, por vivir como seres humanos. Muy boludos. Lograron que lo que está bien sea favorecedor de lo que está muy mal. Que lo que sintamos que hay que cambiar es lo que está bien y no lo otro. No hay que llevar bolsos, flota en calle Honduras. Y mientras discutimos si es “estigmatizante” ponerles un chalequito a los motociclistas, nadie piensa que lo que está mal, está mal

No hay traspaso de la policía, no hay saturación de controles, no hay leyes más duras, no hay patrulleros inteligentes, no hay nada que modifique esto. Con miedo, con riesgo de vida, con mucho miedo, han logrado imponernos la derrota en esta batalla en donde los ladrones pesan más que los honestos. El brazo se lo han levantado a ellos. El árbitro, ese Estado ocupado por funcionarios de cualquier color, favoreció el miedo de la mayoría y la hijaputez de unos pocos. Y eso, da mucho más miedo. Cruzo la calle, y me siento a escribir.

30 años es mucho, demasiado

Tribuna. En 1988, el por entonces presidente Raúl Alfonsín reclamó en la Sociedad Rural dejar de lado los fanatismos. Habló de pobreza, inseguridad y crisis económica. Como si el tiempo no hubiese pasado, el discurso de Macri fue similar.

El presidente se paró en la tribuna principal de Exposición Rural Argentina y dijo: “Vivimos una crisis aguda de la que es necesario salir. Disminución de la calidad de vida, aumento de la marginalidad, índices sociales de desesperación, aumento de la pobreza. Hemos recibido un país devastado. Estamos realizando un esfuerzo enorme y vamos progresando. Vamos a seguir en la discusión sobre estas cosas, en la discusión que no quieren los fanáticos, los que se creen dueños de la verdad, los que atentan contra la convivencia de los argentinos”.

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Hacer campaña sin decir nada

 

Estrategias. El kirchnerismo decidió que lo mejor es no hablar. El gobierno ordenó no confrontar con Cristina y evitar las polémicas en los medios. Así, ninguno de ellos dará explicaciones por el pasado y el presente.

La política argentina en campaña piensa distinto al resto de los mortales a los que debe convencer. Uno supone que la ciudadanía está ávida de saber cómo piensa revertir el gobierno el momento socioeconómico tan duro que deja tecleando a tantos. Se imagina al votante pidiendo explicaciones a quien gobernó 12 años la Nación consiguiendo la realidad tan distinta a su relato. No es loco pensar que los que se postulen deberían estar afilando sus argumentos para hablar de estos temas. Error.

 

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Elogio de la tibieza

Elecciones 2017. En la Argentina de hoy, criticar a Macri y a Cristina a la vez es algo que no se entiende ni acepta. Ahí está el ejemplo de Tomás Abraham para probarlo. “Me quedé solo”, dice el filósofo.

 

“Siento que me he quedado solo. Criticar a la vez a Cristina y a Mauricio te deja solo”. El que habla con este cronista es el filósofo Tomás Abraham. No hace falta recordar demasiado el currículo de este pensador, docente de la Universidad de Buenos Aires y visitante de muchas casas de altos estudios del mundo, discípulo de Michel Foucault, con quien estudió en París en los años ‘60 y donde vivió cerca de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir el mayo de la imaginación al poder. Autor, también, de decenas de libros de ensayos filosóficos y sociológicos a más de ficción.

Abraham sostiene que el gobierno de Mauricio Macri ha agravado la pobreza. De hecho, lo critica diciendo que el PRO desconoce qué cosa es la pobreza por su procedencia de familias que jamás supieron de una carencia. Sin embargo, a quien haya leído y seguido a este intelectual no debería sorprenderlo que fue y es tanto o más crítico de los 12 años de gobiernos K, a los que define como una estafa y chantaje ideológicos, acusándolos de haber clausurado la posibilidad de circulación de la palabra y del pensamiento. “El kirchnerismo se apropió de banderas que no le eran propias y le negó el derecho a los demás de opinar. «Yo soy lo que está bien», auto decretaron, y el que no comparte es el que está mal”, dice Abraham.

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Cristina no existe, para algunos

 

 

Elecciones 2017. En Cambiemos están convencidos de que la ex presidenta ya es cosa del pasado y apuestan centrar la pelea electoral en distritos como Córdoba y Santa Fe, donde la pelea con el socialismo es feroz.

El macrismo ignorará a Cristina Kirchner en la pelea de campaña electoral hacia octubre de este año. “No hay que mencionarla. No tiene sentido subirla a nuestro ring”, le dijo a este cronista uno de los secretarios de Estado que ocupa un amplio y luminoso despacho en el primer piso de la Casa Rosada. De espaldas a su biblioteca, en la que lucen imágenes religiosas y líderes espirituales de distintas procedencias, el hombre, amigo (de verdad) del presidente, explicó el diagnóstico: “Nosotros no vamos a poder limarle ni un solo voto. El que vota a CFK jamás nos votaría. En todo caso, podría cambiar por Florencio Randazzo o Sergio Massa. Ellos tienen que dar la pelea con ella. El lema que hay que dejar grabado en nuestros candidatos es «Cristina no existe»”, graficó con toda precisión.

 

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Nos molesta la ley

Elecciones 2017. Esta semana se escuchó un extraño coro de voces que proponen eliminar las elecciones primarias que incluyó a la propia jueza María Romilda Servini, la encargada de velar por su legalidad.

 

Las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias del 13 de agosto han sido condenadas al fracaso. La clase dirigente con relevancia y ahora la justicia electoral las han pervertido sin chances de apelación. La jueza María Romilda Servini dijo que hay que suspender las Paso por “costosa y trabajosa”. A ver si queda claro: la magistrada que debe decidir si está bien penar a un ciudadano que no va a votar le está diciendo a ese mismo argentino que la sanción que ella puede discernir cabría en un hecho que no vale la pena. Bienvenidos al disparate del desprecio de la norma en la República Argentina.

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Apenas sesenta días

Elecciones 2017. Siete de cada diez argentinos no sabe para qué irá a las urnas dentro de dos meses. Tal vez haya que buscar las razones en hábitos partidarios más centrados en los egos que en el deseo de construir un proyecto.

 

Siete de cada diez argentinos no tiene la menor idea de qué va a votar en exactos setenta días. No se trata de no saber a qué candidato sino que, peor, no se tiene noción del porqué y para qué de las elecciones primeras abiertas y simultáneas que se celebrarán el 13 de agosto. Esto lo revela una encuesta terminada hace menos de 72 horas y que va a ser publicada por una ONG dedicada a la transparencia institucional.

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Construyendo la campaña

La mira en la campaña. Para los funcionarios nacionales son días de nerviosismo. Por un lado esperan los resultados de la investigación sobre corrupción en Brasil y, por otro, ver cómo impacta en las inversiones en Argentina.

La escena es impactante cuando se la ve desde afuera. Hay archivos de computadora que se envían y su descarga consume la adrenalina de los funcionarios como si se tratara de la clave para desactivar una bomba. Otros, visitan oficinas de ministros y secretarios con anotaciones que descifrarían “el” enigma definitivo. Ni hablar de los teléfonos. Se escuchan respuestas telegráficas pero contundentes. “Es mañana”. “No va a haber lista”. “Olvidate. Va a salpicar fuerte”.

En el gobierno nacional se viven horas de mucho estrés con el denominador común de la campaña electoral. La ansiedad tiene dos vertientes. Conocer el resultado de las investigaciones anticorrupción del Brasil que afectaría a muchos argentinos de la política y del empresariado y, por el otro lado, monitorear el efecto en la economía real de las inversiones estatales en infraestructura. “Es una paradoja”, sonríe un ministro. “La suerte está echada para saber cuánta coima se cobró por la obra pública y cuántos votos nos da la misma obra pública”, agrega.

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La espiada

La denuncia de Lilita. Carrió dijo que es perseguida por la Secretaría de Inteligencia y golpeó así nada menos que al presidente de la Nación. ¿Se prepara a quebrar la alianza gobernante?

 

Hay que quedarse tranquilos. Ella siempre que rompió lo hizo en una fuerza que estaba derrotada. Ahora Lilita le tomó el gusto a ganar. No se va a ir”. El que afirma esto en estricto off es uno de los amigos de la vida de Mauricio Macri, devenido hoy en secretario de Estado. Sucede que en la Casa Rosada el personaje más mentado por los pasillos es Elisa Carrió y todos tienen una interpretación sobre sus reacciones por estos días. ¿Rompe? ¿Quiebra la alianza gobernante? ¿Se lanza a la guerra contra el presidente? ¿Pega para ganar espacio en las listas o en sus decisiones? Todo eso se especula. “Ella se fue del radicalismo cuando De la Rúa iba a colapsar. En el ARI se cansó de perder. Cuando estuvo con Margarita cosechó votos institucionales pero sin aspiración de ejercicio de poder real. Ahora es distinto: Cambiemos la hizo gobierno y eso le gusta”, completó el mismo funcionario.

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Sentimientos en blanco y negro

La grieta. La dialéctica amigo-enemigo del kirchnerismo sacudió de manera clara las relaciones humanas entre los argentinos y “talibanizó” el pensamiento político, pero no se sepultó con el cambio de gobierno.

Uno de los candidatos de la oposición que en octubre se convertirá seguro en legislador nacional mandó encuestar, aparte de su caudal de votos, cuáles son los sentimientos que aglutinan al electorado. Su sorpresa, compartida con un par de periodistas a los que les pidió reserva de los resultados, es que lo que parece motivar al 70 por ciento de los votantes es el odio y el miedo. No hay metáfora. Las dos palabras son las que resumen el principal motivo de elección. Sea desprecio o temor a la gestión pasada o que pudiera venir de Cristina Kirchner, sea el rechazo visceral al actual gobierno de Mauricio Macri y miedo a que sea más gravoso para las mayorías.

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