No fue un accidente

Drama en el Atlántico. Lo que pasó con el submarino ARA “San Juan” pudo haberse evitado.

 

No sé nada de submarinos. Pienso abstenerme de escribir sobre naves escoradas, tanques de oxígeno, plataforma submarina o corrientes del mar adversas. Hay momentos en que parece que nuestro oficio de cronistas se olvidó de la humana e indiscutible condición de humildad que se expresa diciendo “no sé”. Sí conozco algo de política porque la vivo analizando desde hace 30 años y, en muchos casos, muy cerca de sus protagonistas. Sí sé la diferencia jurídica que refleja la realidad y que distingue entre un accidente y la consecuencia lógica de la impericia, negligencia o imprudencia.

 

 

 

Por todo eso, me resisto a leer que lo ocurrido con el ARA “San Juan” es un accidente. No lo es.

No hay hecho imprevisible o, aún previsto, que no pudiera evitarse. El “San Juan” pasa por lo que pasa por consecuencia directa de lo hecho o no hecho. Sea cual sea el desenlace, no estamos frente a una tragedia inevitable. Pudo y debió evitarse.

Mientras algunas investigaciones periodísticas se afanan en entender el irritante lenguaje de los que se llenan la boca con episodios hidroacústicos, algunos seguimos mirando a la historia reciente como modo de hallar la causa de todo esto. Quienes tenemos años para recordar la guerra de Malvinas, sabemos que en medio de esa guerra teníamos submarinos que no se sumergían y aviones que no volaban. Hoy, a casi 40 años, los sigue habiendo. ¿Por qué no ocurriría esto en un país atado con alambres?

Los que creemos que para las cuestiones que exigen estudio hay que tener funcionarios encargados del tema que estudien, no nos sorprendemos con el “San Juan”. Un presidente no tiene porqué saber de submarinos. Es obvio. Pero un ministro de Defensa tiene que tener, al menos, experiencia en las Fuerzas Armadas, contactos de confianza dentro del Ejército, la marina y la aviación y un expertice elemental para decir “sí juro” sin estar usurpando políticamente el cargo.

Repasemos los últimos 20 años, para no aburrir llegando hasta Bernardino Rivadavia.

Oscar Aguad. De formación abogado. Su carrera pública siempre estuvo relacionada más con tejer lazos políticos que con una mirada específica. Obvio, cero de manejo en Defensa. Llegó al ministerio de Comunicaciones. Declaró abolida la ley de comunicaciones a base de decretos y declaró hace dos años el milagro de un fenómeno basado en enviar mensajes de un lugar a otro del mundo, parecido a algo llamado “la internet”. Defendió a la familia Macri en la causa del Correo. Es radical.

Julio César Martínez. Ministro entre 2015 y 2017. De profesión, ingeniero agrónomo. ¿Experiencia en Defensa? Trabajó en un emprendimiento familiar de aceite de oliva, fue legislador riojano y luchó contra la megaminería. Hoy, es otra vez legislador nacional demostrando que su vocación por la Defensa cede ante el deseo de ser gobernador de su provincia, previo paso por el Congreso. Es radical. Como Aguad. Y ya se sabe que el reparto de cargos de la coalición gobernantes reserva, como desde hace muchos años, ese lugar a los boina blanca.

Agustín Rossi. Ya en la era K, tiene como formación profesional el ser ingeniero civil. ¿Experiencia en Defensa? Concejal de Rosario, absorbido por Néstor Kirchner para presidir el bloque de diputados, estilete político del gobierno, sin ningún antecedente en el área.

Arturo Puricelli. Ministro entre 2011 y 2013. Abogado. ¿Experiencia en el área? Se dedicó a la Caja de Seguros de la provincia, Santa Cruz, claro, inspector de Justicia, promotor de turismo de El Chaltén, abogado dedicado al derecho privado, amigo de los K.

Nilda Garré. Ministra entre 2005 y 2010. Maestra normal y Abogada. ¿Experiencia? Ninguna. Su paso ministerial por la Secretaría de Seguridad le hizo ganar el más alto índice de delitos de la historia democrática argentina. Su militancia en la extrema izquierda fue vista como un modo político de marcar territorio en Defensa. ¿Experiencia previa? Ninguna.

José María Vernet. 2001. Contador público nacional. Ex gobernador de Santa Fe en el momento en que el puente colgante de la ciudad capital de provincia fue robado. Sí. Desaparecieron las piezas de su desguace. ¿Experiencia? ¿Hay que responder?

La lista podría seguir. Con la escasa excepción de Horacio Jaunarena, un hombre sin formación específica pero con enorme contacto hacia adentro de las fuerzas, el denominador común de los ministros de Defensa de la Argentina han sido amigos del presidente de turno, compromisos políticos del presidente de turno o cargo consuelo de los que esperaban otra cosa del presidente de turno. Alguien podría decir que no es necesario que un ministro “sepa” del tema para asumir un cargo que necesita de decisión y cohesión política. ¿No es impactante que hayamos naturalizado que un secretario de Estado que debe asesorar al presidente no deba saber sobre lo que asesora? El ministro tiene asesores, se escucha, ¿y con qué criterio hay que creer eso? Si el asesor del presidente no tiene que saber del tema, quizá el asesor del ministro tampoco y haya que buscar personas de “confianza del ministro” en un círculo infinito de inútiles e ignorantes pero de lo más “confiables”.

¿Podía zarpar el submarino? Zarpado, ¿debía regresar en la primera noticia de emergencia? ¿Correspondía la misión que estaba haciendo el “San Juan”? ¿Quién aprobó esa misión con una convicción técnica? ¿Puede pedir subordinación y obediencia de las fuerzas un jefe de las fuerzas que no tiene idea elemental de cómo funcionan?

Esto puede parecer un achaque exclusivo a Oscar Aguad. Es un achaque, no se duda: El ministro tiene que renunciar. Pero no es sólo para él. Porque podría haber pasado en los últimos 30 años a cualquiera y todos los responsable de las gestiones políticas tienen que ver con esa desidia no sólo de presupuesto sino, esencialmente, de respeto por los que estudian y saben de lo que hablan. ¿Alguien puede imaginar a alguno de los ministros mencionados tomando partido por una u otra decisión sobre cómo navega un submarino para aconsejar al presidente? ¿Un ingeniero en aceite en oliva, un abogado acostumbrado a cobrar cheques, una dirigente amante de la ilegalidad en los 70?

Oscar Aguad, y ya no es opinión, no sólo se enteró por los diarios de lo que ocurría sino que jamás supo nada de lo que le ocultaron a él, al país y, especialmente, a las familias de los 44 marinos. No estuvo, día a día, representando al Estado, acompañando a los familiares y asumiendo que el insulto de ellos era deber republicano de ser soportado. No habla. No dice. No sabe. Nadie puede alegar su propia torpeza ni esgrimir su supina ignorancia. Sobre todo, cuando un submarino está a la deriva en la profundidad del mar. La estúpida grieta de estos tiempos pretende neutralizar esta obviedad diciendo que antes era peor y que esto pasa por lo recibido. Claro que eso tiene enorme parte de verdad. ¿Entonces? ¿Un ministro incompetente vale por la herencia recibida?

No fue un accidente. La política lo hizo. No tenía por qué no pasar. La incompetencia se paga con errores. La ignorancia y la ostentación de ella, con tragedias. Hasta lo prevé el Código Penal.